mardi 7 février 2012

Paul Celan y el sucidio: ¿comienzo o final de la poesía?

(…) Paul Celan e Ingeborg Bachmann: tiempo de amar. Un periodo durante el cual ambos pudieron descubrirse y conocerse mutuamente, pero también un periodo que les dejó convertirse en otros, para sí mismos y también para los demás. A lo largo de todos esos años, Ingeborg Bachmann dejó de ser una talentosa estudiante para convertirse en la poeta y escritora confirmada, también en la activa figura intelectual que tanto agitó la escena intelectual y artística de Viena. Por su parte, Paul Celan nunca dejó de escribir y de viajar: consagrado íntegramente a la literatura, alternaba sus clases en la École Normale Supérieure, donde enseñaba traducción, con el quehacer poético y los congresos literarios, en los cuales no solamente conocía a otras grandes figuras de las letras alemanas – Günther Grass, Heinrich Böll y Nelly Sachs, por ejemplo – sino que también peregrinaba por el mundo divulgando el secreto de la Palabra. Con todo, en su caso no se trata de un ascenso poético, como ocurre con Bachmann, sino de una insospechada, progresiva e inexorable caída en el silencio que lo llevará a terminar sus días en las corrientes de un río ininteligible, de aguas ruidosas en su mudez.

 Para cuando ambos se conocieron, Paul Celan ya era el gran poeta de expresión alemana que las lenguas y las generaciones leerían una y otra vez. Lejanos quedaban los días de su vida en Tours, cuando intentó ser estudiante de medicina, también los de su regreso a su tierra natal, cuando intentó adaptarse de nuevo a su realidad: se trataba de renuncias que lejos de estigmatizarlo o marginarlo modelaron su personalidad. Los destinos que se había negado a seguir y alcanzar eran los mismos que, por descarte, confirmaban aquella vocación convertida en evidencia. Instalado en París, la capital europea donde se congregaban los exiliados del mundo entero, escogido definitivamente su pseudónimo (un nombre que se yuxtapondría al verdadero), Paul Celan terminó adoptando el idioma alemán como único medio posible de expresión. Acaso pensó que, mediante esta elección, el camino le llevaría a la única tierra que le interesaba conocer y conquistar, es decir la tierra de la poesía.

Si una lengua es un destino o una fatalidad; en ocasiones, como en el caso de Paul Celan, también puede ser una elección. Gracias a su historia familiar, el lugar en el que nació y el contexto histórico,  desde muy joven Paul Celan tuvo el contacto con las lenguas. Así, no solamente conoció el hebreo por transmisión de sus progenitores, sobre todo su padre, sino que habló también el rumano y el francés, antes de aprender el ruso, el italiano y el inglés. No me consta que haya hablado español y portugués pero también tradujo diversos textos de estos idiomas (tiene magníficas traducciones de Fernando Pessoa otro gran poeta acostumbrado a alternar las identidades). A diferencia de tantos escritores para quienes el idioma en el que se expresan es una evidencia, en el caso de Paul Celan se trataba, más bien, de otra elección más en su vida. Conocedor de muchas lenguas, susceptible de hablarlas todas con la misma perfección, capaz de desentrañar los misterios de un idioma, decidió como tantas otras cosas en su destino, quiero decir que con la misma arbitraria pasión, escribir en alemán y, de esa manera, afirmarse mediante la negación. Si al decidir qué camino seguir se había negado a tomar cualquiera de los que bajo cualquier otra circunstancia le habrían resultado más evidentes, ocurrió lo mismo cuando le tocó escoger la lengua en la que se expresaría por el resto de sus días como poeta.  

¿Por qué razón escogería precisamente el alemán una persona que pudo haber escrito en tantos otros idiomas? ¿Qué le entregaba a su expresión ese idioma que otras lenguas no? Mucho se ha hablado del papel de la madre, judía germanohablante, en la formación literaria del joven Paul Celan. La madre le dio un primer acercamiento al idioma alemán y al mismo tiempo le entregó, al infante soñador que se convertiría en poeta, el gusto o, mejor dicho, la pasión por la lectura; sobre todo Goethe, Rilke y Kafka (quienes acudirían, de un modo o de otro, a su memoria en cada instante de su vida). Al escoger el idioma alemán para escribir, pareciera que Paul Celan hubiera decidido acercarse a su madre, perdida prematura y trágicamente, y de esa forma recuperar el pasado, abolir el presente. Cuando todo alrededor suyo señala y denuncia la desaparición del ser que acaso quiso más en el mundo, entonces acude el lenguaje poético para recordar, y mediante el recuerdo, recuperar, exhumar de las tumbas. Por lo demás, son conocidos tanto la frialdad como el exceso de autoridad que ejerció su padre hacia él: frente a esa instancia de rechazo aparece el calor materno en el cual envolverse al ardor de una palabra cariñosa y amante.

 Mucho se ha hablado, también, con respecto de escribir en el idioma de sus victimarios. La lengua alemana fue la misma del Tercer Reich, aquel delirio que asoló Europa, pulverizó la promesa de un mundo mejor y asesinó a tantos millones de inocentes, entre ellos los padres de Paul Celan. También, fue la misma de quienes, violentos, odiosos y execrables, lo enviaron a un campo de concentración donde sufrió el destino de ser un judío y, al mismo tiempo, miró cara a cara la misma muerte que sus poemas evocarían más tarde, una vez libre del campo de concentración pero encerrado para siempre en sus recuerdos. Después de “lo que pasó”, la lengua alemana, esa misma lengua en la cuál siglos y generaciones de poetas se sucedieron para acercarla a esa belleza tan singular que le es propia, se había visto, como ningún otro idioma, convertida en el idioma de la violencia y el genocidio; de ahí que Theodor Adorno formulara en su momento y de manera tan perentoria como tajante: “Escribir un poema después de Auschwitz es un acto de barbarie”.

« Der Tod ist ein Meister aus Deutschland sein Auge ist blau » : de las cenizas de aquel idioma, descompuesto para siempre, apareció el Paul Celan poeta. Y emergió para levantar con su poesía toda una tradición condenada al silencio por culpa de esa pesadilla delirante. Si la escritura de un poema se enfrentaba a la memoria del genocidio, entonces una de sus víctimas hizo escuchar su voz no para reivindicar ni acusar sino más bien, tarea más difícil, volver a crear. La misma lengua en la cual se expresaron las condenas de muerte de sus padres, fue aquella que Paul Celan elevó hasta el cielo desde el estercolero y la ciénaga al cual se le había llevado. De hecho, no solamente escribió lo poemas en alemán más bellos que generaciones hayan podido leer sino que fundó un “después” para el idioma. Escribir un poema después de Auschwitz no era un acto de barbarie, no, sino un acto de humana locura, la locura del amor al arte como gesto salvador. La poesía era la única sobreviviente del infierno, ahora le tocaba a ella guardar la memoria y, al mismo tiempo, apostar por el mañana pese a que no se tratase de una tarea evidente ni sencilla. “Qué difícil me resulta escribir en alemán; en ocasiones pienso que a misma mano que abre mis libros para leerlos es aquella que degolló a mi madre”, confesó Paul Celan en alguna ocasión.

Así, la elección que hiciera Paul Celan de la lengua alemana se presenta como bastante compleja y paradójica. Por un lado, supone un regreso a los orígenes, el regreso de un huérfano y desheredado; por otro lado, supone un salto hacia delante para poder salvar al idioma. Sin embargo, decir que Paul Celan escribió en alemán no me parece del todo exacto pues se sirvió de esa lengua para sus propósitos, que no eran otros que llegar a un nuevo idioma. De ahí, su manía para forjar sentidos y sonidos nuevos, apostar por un significado desarticulado y obscuro como un cadáver anónimo descomponiéndose en una fosa. Por lo demás, su poesía está cargada de alusiones hebreas, en las cuales la Biblia y la Tora ocupan un lugar valioso; no solamente por las referencias culturales, sino también, y sobre todo, por la manera cómo penetran en un idioma en el que hasta ese momento les había sido impermeable, adverso, enemigo: Dein goldenes Haar Margarete, dein aschenes Haar Sulamith”. Gracias a Paul Celan el asesino y la víctima, la muerte y la vida encuentran una síntesis, tensa y dolorosa es verdad, pero con todo inaudita en cualquier idioma. El idioma alemán sometido a las mutilaciones, los castigos y las torturas que le impone el poeta sale renovado y purificado, cristalino en su belleza despojada culpas aunque siempre criminal.

De esta manera, Paul Celan apostó por el idioma alemán para llegar a la poesía: la suya y la de su época. Esa poesía que muchos han calificado de intransitiva y hermética tiene sobre todo una cualidad en la cual muy pocos se han detenido. Se trata de una poesía que a falta de otro adjetivo calificaría de crispada. Crispada porque en su tensión nerviosa palpita todo lo que de humanidad tenía y le quedaba al poeta. No es poca cosa decir esto pues en el caso de Paul Celan, un hombre constantemente obligado a renunciar, permanentemente acosado, maltratado y denigrado, la poesía termino siendo el único territorio que le era suyo y en el que se reconocía. En aquella época, cada vez que yo abría uno de sus poemarios, tenía la impresión de subir a una de esas montañas desde las cuales todo es distinto y se relativiza pero en la cual el aire que se respira se hace escaso y se enrarece. Esa agitación, incluso lo llamaría malestar, que sentía en las alturas fue la forma que el poeta tuvo para expresar aquello inefable que, de otra manera, no habría encontrado formulación: el frágil y denso horror de la muerte. Desde arriba todo era nuevo y distinto pero al mismo tiempo más sublevante.

Aquellos exiliados, como Celan, que buscaron nuevos horizontes lo hicieron porque en su desarraigo se acercaban a otro espacio, uno hecho de palabras, que es el de la literatura, el único lugar en el que todavía era posible rebelarse contra el mundo, destruirlo y al mismo tiempo volverlo a crear. Mientras leía los libros del poeta recordaba mis años universitarios, ese periodo en el que me había terminado por convencer de que el único medio posible para convertirse en escritor era el exilio. Si los lectores viajaban en los libros con el objetivo de descubrirse, los escritores viajaban por el mundo para cuajar sus vocaciones al calor de la historia. Razones políticas alejaron a Hesse, Mann y Brecht de una Alemania cada vez menos alemana por culpa de un obtuso nacionalismo que la colocó de espaldas a su tradición; razones biográficas hicieron de Nabokov un escritor en inglés (doble caso de exilio, geográfico y lingüístico); razones personales llevaron a Ribeyro a exiliarse en París, la ciudad en la que se gestaría su literatura consagrada a otra ciudad, la suya y la mía, Lima la gris. Todas estas razones y cientos más llevaron a Paul Celan a convertirse en el poeta que conociera todos los tipos de exilio, incluso aquel exilio que en última instancia significaría su muerte: el exilio de la poesía.

Llegaría el día, atroz y mortal, en el que Paul Celan se exiliaría de la poesía misma. Una persona con su sensibilidad, atormentada por su pasado, expuesta a los recuerdos más nefastos, había hecho del quehacer poético el único refugio donde poder existir. Pero una tarde, mientras acudía a visitar a su amigo, y también poeta, Yves Bonnefoy, conocería al individuo cuya frecuentación le significaría el silencio poético, es decir la muerte: Yvan Goll. En aquel entonces, Yvan Goll era un poeta que regresaba de un largo exilio americano para instalarse definitivamente en París. Lo mismo que Celan, era un poeta que conocía diversas lenguas: había escrito varios de sus libros en alemán, inglés y en francés. También, lo mismo que Celan, fue un artista que por su condición judía había sufrido el antisemitismo más recalcitrante en cada instante de su vida. Todos estos elementos de su biografía, lo acercaron al joven Celan quien no sólo lo frecuentó bastante seguido, sino que también brindó ayuda material a él y a su mujer, e incluso, llegado el momento, le hizo don de su sangre para que pudiese seguir en vida. Inútil: Yvan Goll terminaría por morir en el más absoluto abandono el 27 de febrero de 1950.   

Paul Celan lamentó hondamente su muerte y, acaso como un homenaje a la memoria de quien fuera su amigo, termina la traducción al alemán que, más por afecto que por convicción estética, hizo de varios de sus poemas. Este gesto, altruista y solidario, como muchos otros que tuviera en vida, le valdrían a largo plazo el oprobio y la vergüenza. Poco tiempo después de la aparición de su poemario Von Schwelle zu Schwelle, Clarie Goll, la viuda de su amigo, lo acusó de haber plagiado al desaparecido Yvan Goll bajo pretexto de la traducción. Según ella, Paul Celan no habría escrito su poemario sino que habría violentado la memoria de su amigo fallecido mediante el saqueo y la tergiversación de su obra poética. Poco importa si se trataba de una falsa acusación – se demostró que Claire Goll manipuló a posteriori el manuscrito de Yvan Goll para que se pareciera al libro que Celan había acabado de publicar -; en todo caso, dicha acusación atravesó sin tregua ni equívoco Europa entera. Aquel Paul Celan, renovador de la lengua alemana, no era más que un vulgar criminal sin reparos en violar la tumba de sus amigos cuando se trataba de ser más célebre y estimado.

Habiendo sufrido en carne propia el odio contra los judíos, Paul Celan consideró que se trataba de una muestra de antisemitismo. Entonces escribió a todos su conocidos, contactó a varias redacciones de revistas y se comunicó con numerosas editoriales para desmentir el oprobio que se cernía sobre él. Incluso, en algún momento, estuvo a punto de escribir a Jean Paul Sartre para denunciar la persecución de la cual era víctima. Muchos consideraron su reacción como desmesurada pero acusarlo de susceptible es conocer mal la poesía. Lo que hizo Claire Goll no fue solamente acusarlo de plagio sino también tacharlo de incapacidad para escribir puesto que presentaba como propio lo que le era ajeno. Así, desde el momento mismo en el que Paul Celan era susceptible de no haber escrito lo que escribió, se le negó la condición de artista, dicho de otro modo, se le expulsó de la poesía. ¿Quién puede seguir de pie después de semejante acto de violencia?

Hundido en sus contradicciones, incapaz de seguir escribiendo como lo hizo antes, Paul Celan sucumbe a la depresión. Su estado anímico, ya de por sí áspero y melancólico, se hunde con cada paseo que hace en la ciudad de París, invernal y oscura. Terribles accesos de paranoia lo asaltan para convencerlo de que todos, absolutamente todos, quieren destruirlo. Se pelea con varios escritores, de quienes exigió una reacción más marcada frente a las acusaciones (de hecho para Paul Celan nadie reaccionó cómo lo esperaba), se molesta con Ingeborg Bachmann e, incluso, intenta asesinar en dos ocasiones a Gisèle Lestrange, su mujer. Gisèle Lestrange, la mujer devota que lo acompaño durante gran parte de su vida y sin quien muchas de las cosas buenas que hiciera alguna vez no habrían tenido ocasión de ser, termina decidiendo, por el bien del hijo común, partir lejos de la influencia de Paul.

 A fines de abril de 1970, un herido y solitario Paul Celan se arroja al Sena. No se sabe con precisión en qué momento del día, pero sí sabemos que lo hizo del Pont Mirabeau. Su cuerpo sería encontrado varios días después hinchado y morado, descompuesto por las aguas del rio. Ingeborg Bachmann muere incendiada poco después. Su esposa haría lo mismo varias décadas después, tiempo durante el cual no dejó de pensar en la memoria de su marido. Le sobrevive su hijo, el pequeño Eric ya convertido en un adulto con más de cincuenta años (edad que su padre nunca llegó a franquear). El viaje del hombre termina de esa manera, pero el periplo del poeta seguiría durante mucho tiempo más. Mientras los restos de Paul Celan, esos restos delicados que amaron y odiaron como ningún otro, siguen descomponiéndose cinco metros bajo tierra parisina, aquella ciudad que el poeta adoptó como suya, sus poemas siguen vivos en sus lectores. “Lavemos ese cadáver, peinemos sus cabellos, tornemos su mirar hacia el cielo”, nos dijo en un poema como si nos sugiriera exiliarnos arriba donde nadie más que él pudo llegar, donde habitan las altas estrellas. Y las palabras.

  Lápida de Paul Celan en el cementerio de Thiais

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